Alex
Nací en la Unión Soviética, en una familia tan humilde que el espacio nos faltaba, pero el calor nunca. No venía solo de la calefacción, sino de los maullidos y las patas mojadas de los animales callejeros que encontraban refugio en nuestro diminuto apartamento. Con un gato entre las rodillas y un perro apoyado en mi espalda, me sentaba en el cuarto de baño —el laboratorio improvisado de mi padre— y observaba, hipnotizada, cómo en los papeles mojados emergían rostros familiares. Aún no sabía leer, pero ya intuía que una imagen podía contener el alma de un momento.
Treinta años después, me mudé a España. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado: un desconocido me regaló un objetivo 200-600 mm. En ese instante no sabía si debía reír, llorar o devolverlo. ¿Qué iba a hacer yo con semejante tesoro? Lo abracé como quien recibe una brújula sin saber aún que está perdida. Empecé a caminar el campo. A mirar. A esperar. Y cuando me crucé con el primer lince, el primer ciervo que me sostuvo la mirada... supe que no había marcha atrás. Cada clic de la cámara me acercaba un poco más a ellos, a su mundo. Algo en mí se reactivaba. Volvía a ser aquella niña en el baño, testigo de pequeños milagros.
La naturaleza dejó de ser un escenario para convertirse en hogar. La fotografía, en mi forma de respirar. Dejé mi carrera de quince años como periodista para dedicarme a lo que ya ocupaba toda mi mente: la fotografía de fauna salvaje.
Hoy lidero expediciones que no son solo viajes, sino reencuentros con lo esencial. No corremos. No disparamos en ráfagas. No venimos a coleccionar fotos, sino momentos. Creemos en el asombro, en la pausa, en la magia de un instante irrepetible. Porque, si algo he aprendido, es que los grandes viajes no siempre empiezan con una brújula. A veces empiezan con un regalo. Con un encuentro. O con una imagen que, como en aquel baño de mi infancia, aparece poco a poco... y se queda para siempre.















